lunes, 2 de octubre de 2017



Lo vi por primera vez en un DVD pirata que me regaló Pitu. Debe andar todavía por ahí, lleno de polvo, en alguna de esas torres de discos vírgenes que llenábamos de deseos ahora insatisfechos.

-Así es como debe sonar.

Se refería al órgano que me había comprado, con su pasta, en Alemania. Un aparato de la década de lo sesenta que nunca he sabido hacer sonar mínimanente bien.

En aquella época, descreído ya casi de un Dios que nunca estuvo ni siquiera cerca, quería serlo todo, pero de aquel todo, el rol de músico era el que más me atraía. Libertad en octavas de teclas blancas y negras, la frontera autoaceptada del medio metro que separa al grupo del escenario.

Hacíamos -lo intentábamos- rock.

Así es como debe sonar, me dijo Pitu. Y, en mis manos, un DVD.

Lo puse en mi casa. Y ahí estaba Tom. Rodeado de rompecorazones.

Petty no es, nunca lo fue, uno de mis artistas de cabecera. Pero, esta noche lo pienso, siempre ha estado en ese segundo plano de los, si no imprescindibles, necesarios. Y en una posición de ventaja.

Su música esconde algo. No sé.

Me enseñó cosas. Cosas que no quiero compartir. Y por eso hoy me entristece su muerte.

Adiós, tío Tom.

Gracias.



Daniel J. Rodríguez //@DanielJRguez

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